En septiembre del año pasado revelamos cómo el Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia difamaba a los países bálticos afirmando que no se habían convertido en democracias que respetaran el estado de Derecho. A pesar del rechazo que generó, la campaña de desinformación del Kremlin ha vuelto una vez más a la historia, debido al aplazamiento del desfile del Día de la Victoria para celebrar el 75º aniversario de la Segunda Guerra Mundial.

Esta vez, el punto de partida fue la cuenta de Twitter de la Embajada de Rusia en Estonia, en la que se compartió un artículo de Russia Beyond titulado «Why the Baltics was a great place to live under the Soviets» (“Por qué era el Báltico un gran lugar para vivir durante el régimen soviético”).

Captura de pantalla de la cuenta de Twitter de la embajada rusa en Estonia.

El artículo en sí, construido alrededor una serie de fotografías glamourosas de Estonia, Letonia y Lituania durante la ocupación soviética en las décadas de los años 60, 70 y 80, tenía por objeto mostrar a los Estados bálticos como las repúblicas más privilegiadas de la URSS y exponer «lo mejor de lo que podía ofrecer este gigantesco país [es decir, la Unión Soviética]». Lo que el artículo no menciona es que el régimen soviético se anexionó ilegalmente los Estados bálticos, los cuales siguieron oponiendo resistencia —primero armada y después pacífica— durante las décadas de ocupación.

El artículo incluye una serie de afirmaciones, enraizadas en la narrativa de desinformación a favor del Kremlin, y omite los aspectos menos brillantes de lo que solo puede entenderse como una elección editorial deliberada para blanquear la imagen de la ocupación soviética. Se afirma, por ejemplo, que «las reformas radicales de estilo soviético de la época se aplicaron con mucha más cautela» en los Estados bálticos, sin hacer siquiera referencia a la Represión soviética. Cabe destacar que el artículo en concreto se publicó a mediados de junio, cuando los Estados bálticos recuerdan las deportaciones masivas de su población a Siberia.

El artículo incluye también muchas de las narrativas de desinformación clásicas, tales como:

«Letonia, Estonia y Lituania se situaban entre las más privilegiadas de las 16 repúblicas de la URSS».

Además, en caso de ocupación, siempre es bueno saber que, al menos, eres un privilegiado; desde el punto de vista de la fuerza ocupante, obviamente.

Por otra parte, hubo dieciséis repúblicas solo hasta 1956, ya que, a partir de entonces, fueron quince.

«Los “territorios” bálticos —con su población letona, lituana y estonia— siempre gozaron de un estatus especial, tanto como parte del Imperio Ruso como de la URSS. Las autoridades soviéticas siempre trataron de tener en cuenta las especiales circunstancias históricas y económicas de esta región “europea” tan diferente del resto del país».

Los Estados bálticos eran y siguen siendo parte de Europa. El idioma dominante en la URSS era el ruso, el cual se promovía intensamente en las escuelas y la vida pública, a expensas de las lenguas locales.

El artículo alega también que la Unión Soviética respaldaba las culturas nacionales, si bien la realidad era que la cultura estaba al servicio del régimen. Después de la Segunda Guerra Mundial, el estricto canon del realismo socialista estalinista prevaleció en la Unión Soviética, según el cual los artistas debían servir de intermediarios de los mensajes ideológicos del Partido Comunista de manera realista. Tras la muerte de Stalin, la sociedad soviética se volvió más liberal y se relajaron las exigencias del Partido Comunista en cuanto a las artes. Sin embargo, las prescripciones oficiales sobre la cultura soviética perduraron hasta la década de los años ochenta.

«Se inyectaba una mayor proporción del dinero del país para desarrollar su potencial».

El desarrollo de una economía altamente centralizada y planificada bajo el control de Moscú dio lugar a una escasez constante de bienes comunes, a una industrialización forzada sin tener en cuenta los intereses de las comunidades locales y a la llegada de trabajadores migrantes de toda la Unión Soviética a los Estados bálticos. En 1989, los estonios representaban tan solo el 61,5 % de la población total de su país. En Letonia, esa cifra era del 52 %.

«Como resultado, el nivel de vida en las tres repúblicas era más alto que en el resto de la URSS, con salarios que duplicaban o triplicaban los del resto del país, y la población no notaba de forma tan aguda el apremio de los diversos déficits de productos, ropa y otros artículos».

Pero ¿por qué tanta modestia? Según un funcionario del Comité Estatal de Planificación de la República Socialista Soviética de Estonia, en 1980 el ingreso nacional per cápita de Estonia era superior al del Reino Unido, Noruega o Finlandia. Sin embargo, otras evaluaciones más realistas, si bien aproximadas, indican que el PIB de Estonia hacia finales de la década de los años ochenta era de 2.200-2.300 dólares estadounidenses per cápita, cifra que se corresponde con los niveles hallados en Hungría y no en Finlandia, cuyo PIB era en realidad diez veces mayor en ese momento.

En el canal de YouTube de Russia Beyond se ofrece también una buena perspectiva general de la vida durante el mandato soviético. En un vídeo de 2018, el presentador afirma que «hay personas que han vivido la mayor parte de su vida bajo el régimen soviético y no tienen ningún deseo en absoluto de regresar a él. Para ellos, los recuerdos de las colas interminables en los comercios y centros médicos, las asambleas del partido, la censura y las escuchas, la impotencia de una persona frente a la sociedad, la opresión del gobierno y la pobreza superan en su conjunto cualquier beneficio que pudiera proporcionar el socialismo. El país estaba aislado, cerrado al mundo exterior. Bandas como los Beatles y los Rolling Stones estaban prohibidas, había libros vetados [el Estado prohibió todos los libros que se consideraran una amenaza para el partido (EUvsDisinfo)] y los pantalones vaqueros eran una prenda imposible de conseguir. Por tanto, esta imagen idílica de la URSS dibujada por la nostalgia es, en gran parte, o bien una visión distorsionada de la propia juventud, o bien el resultado del desconocimiento de la historia, donde se exageran los puntos positivos al tiempo que se olvidan o minimizan significativamente los aspectos negativos.

Dmitri Teperik, director ejecutivo del Centro Internacional de Defensa y Seguridad, señala que el Kremlin es capaz de inspirar a sus seguidores para que traten de debilitar o socavar los logros de Occidente y la sociedad abierta. Sin embargo, «fracasa sorprendentemente en sus mediocres intentos de crear nuevos significados positivos, narrativas alentadoras y perspectivas optimistas».

En una situación en la que solo el pasado parece tener un futuro brillante, tergiversar los hechos y seleccionar imágenes con esmero para respaldar la narrativa del Kremlin es una táctica consolidada para maquillar las páginas desagradables de la historia soviética.

Vean abajo algunos datos sobre cómo era realmente la vida bajo la ocupación.