El concepto de «narrativa» suele aparecer en el contexto de los esfuerzos de la maquinaria rusa y pro-Kremlin por influir en determinadas situaciones y desinformar.

  • Una narrativa es un mensaje global que se difunde mediante textos, imágenes, metáforas y otros medios. Por ejemplo, el hecho de tachar repetidamente de delincuentes a determinados políticos acaba creando la narrativa de que los políticos en general son corruptos y mentirosos.
  • Los medios de desinformación pro-Kremlin usan un conjunto de narrativas que les sirven de plantillas para otras historias y que pueden adaptar al público al que van dirigidas. Hacen uso de distintas narrativas en función del público al que quieran llegar.
  • Algunas de estas narrativas se han estado usando desde hace siglos. Se han documentado versiones de la narrativa «Occidente está en decadencia» desde el siglo XIX.
  • Las narrativas se pueden combinar y modificar en función de la actualidad y de las posturas preponderantes.

He aquí un resumen de las cinco principales narrativas que los medios de desinformación rusos y pro-Kremlin difunden sistemáticamente.

Esta narrativa, que se basa en gran medida en la idea de que las «élites malvadas» están desconectadas de las necesidades del «pueblo», es un habitual discurso populista que puede resultar especialmente convincente durante los ciclos electorales. Lo hemos visto ya muchas veces: un partido o candidato que se proclama «la voz del pueblo» o la «mayoría silenciosa» difunde esta narrativa para atacar a la clase política y ofrece a los votantes soluciones sencillas a problemas complejos. Esta narrativa puede llegar a ser muy eficaz, ya que ofrece un chivo expiatorio al que las audiencias pueden responsabilizar de todos sus males: los banqueros, las grandes corporaciones, los judíos, los oligarcas, los musulmanes o los burócratas de Bruselas. Los medios de desinformación rusos y pro-Kremlin explotaron al máximo esta narrativa en vísperas del referéndum por el Brexit que se celebró en 2016, como bien demuestran estos dos artículos de Sputnik: «La amenaza de la “Eurocracia” acecha a Europa» y “Waffen-EU”. Ambos artículos tuvieron mucha repercusión en la campaña pro-Brexit.

 

Cuestionar la legitimidad de los procesos electorales es también una característica habitual de esta narrativa. Sputnik, por ejemplo, suele «informar» sobre supuestos fraudes electorales, haciendo hincapié en la idea de que las élites manipulan las elecciones. Vea aquí ejemplos sobre Alemania (en alemán), Suecia (en sueco) y Ucrania (en ruso).

La narrativa de las élites vs. el pueblo tiene más de cien años de historia. Los encargados de difundirla dicen ser la voz de la razón y defender a los ciudadanos privados de derechos, luchando con la «verdad» contra unas élites que pretenden ocultarla a cualquier precio. La «verdad» puede estar relacionada con una amplia variedad de cuestiones, incluyendo la migración, la política y la economía, mientras que las élites que se consideran «culpables» de ocultarla se seleccionan estratégicamente en función de las preocupaciones del público en cuestión. De hecho, esta narrativa puede adaptarse y aplicarse a un número aparentemente infinito de cuestiones: «La crisis migratoria la provocan las grandes corporaciones para conseguir mano de obra barata»; «Los banqueros usan el bulo del calentamiento global para desviar la atención pública de los problemas del mundo real». La lista es interminable.

Si bien esta narrativa parece simpatizar con la gente corriente, su verdadera esencia es estrictamente autoritaria. Rara vez se aportan pruebas para sustentar las afirmaciones y, siguiendo los principios del pensamiento conspirativo, la misma falta de pruebas se usa, muchas veces, como evidencia: «¡Vean lo poderosas que son las élites, que consiguen ocultar todo rastro de sus conspiraciones!». Además, esta narrativa también requiere que los lectores confíen sola y exclusivamente en la palabra del narrador: «Sé la verdad, confíe en mí». De hecho, como en todas las narrativas basadas en teorías conspirativas, es vital que la audiencia se crea las afirmaciones desde la fe, en lugar de desde los hechos.

La narrativa sobre los «valores amenazados» se adapta a una amplia gama de contextos y se suele utilizar para cuestionar las actitudes progresistas de Occidente en lo relativo a los derechos de las mujeres, las minorías étnicas y religiosas y los grupos LGTBQ, entre otros. Según esta narrativa, el «afeminado Occidente» se está pudriendo, consumido por la decadencia, el feminismo y la «corrección política», mientras que Rusia representa los valores familiares tradicionales. Esta narrativa se ve claramente representada en una caricatura de 2015 publicada por RIA Novosti, la agencia de noticias estatal de Rusia, la cual ilustra la supuesta decadencia moral de Europa: de Hitler a la perversión sexual para terminar en un futuro plagado de hienas rabiosas. Las narrativas de desinformación basadas en los valores suelen centrarse en conceptos que están supuestamente bajo amenaza, como los de «tradición», «decencia» y «sentido común», todos ellos términos con connotaciones positivas pero que rara vez se definen con claridad. La narrativa consigue crear una idea de «nosotros vs. ellos» que sugiere que quienes están comprometidos con los valores tradicionales se ven ahora amenazados por quienes se oponen a ellos y pretenden establecer en su lugar una distopía en quiebra moral. Los medios de desinformación rusos y pro-Kremlin difundieron distintas versiones de esta narrativa en el periodo previo a las elecciones generales suecas de 2018, como puede verse aquí y aquí. En los medios rusófonos, como la infame agencia de noticias RIAFAN, una auténtica fábrica de troles ubicada en San Petersburgo, el lenguaje de esta narrativa es especialmente agresivo: «El país de la tolerancia victoriosa: los gays y las lesbianas mandan, los hombres y las mujeres están oprimidos e impera la rusofobia y el miedo».

 

A diferencia de la concepción occidental de los valores, que defiende los derechos individuales de integridad personal, seguridad y libertad de expresión, el sistema de valores ruso implica un conjunto de normas colectivas a las que se espera que todo individuo se ajuste. Sin embargo, la narrativa parte siempre desde una posición de superioridad moral, en la que la mayoría silenciosa, comprometida con la decencia y el tradicionalismo, está siendo atacada por la «tiranía» liberal. Además, se invita a la audiencia a unirse a las filas de héroes que luchan con valentía por los valores familiares, el cristianismo y la pureza.

Las fuentes de desinformación rusas y pro-Kremlin suelen afirmar que ciertos países ya no gozan de verdadera soberanía. La agencia de noticias estatal de Rusia, RIA Novosti, ilustra esta idea con una caricatura en la que el Tío Sam está subiendo la llama de una estufa de gas, lo que obliga a los europeos a patalear y clamar por sanciones (se entiende, contra Rusia).

 

Los ejemplos de esta narrativa son numerosos: Ucrania está gobernada por extranjeros y los países bálticos no son realmente estados. La UE está dirigida por Washington. La OTAN y la UE, a veces ni siquiera de forma intencionada, sino por pura incompetencia o por estar desconectadas de la realidad, se centran en perseguir sus propias ambiciones militaristas y burocráticas sin tener en cuenta los intereses de sus Estados miembros y, por ende, los de sus ciudadanos. Puede usted elegir qué explicación le parece peor: la de incompetencia o la de malicia.

En estrecha relación con esta narrativa sobre la pérdida de soberanía se halla la que asevera que la identidad nacional está bajo amenaza, según la cual hay todo un abanico de peligros que amenazan el statu quo: el Islam, los homosexuales, los derechos de la infancia y muchos otros.

Los acontecimientos recientes nos demuestran que estas narrativas pueden llegar a tener un gran impacto entre el público. Los gobiernos europeos solamente aceptan instrucciones de la OTAN, de Bruselas y de Washington. Europa está ocupada por EE. UU.. Alemania ya no es un estado soberano. La cooperación europea entre gobiernos nacionales se retrata como una capitulación del Estado ante los gobernantes extranjeros.

Esta narrativa se ha empleado con éxito en varias elecciones y referéndums europeos. Convencer a los votantes de que sus penurias se deben a que los recursos se canalizan hacia «otros» (extranjeros, banqueros, empresas, minorías) ha demostrado ser una estrategia de manipulación muy eficaz. De hecho, esta narrativa, combinada con invitaciones a la nostalgia por un pasado nacional legendario, es una de las estrategias de desinformación más dañinas que existen. Ha sido difundida en el marco del referéndum de independencia de Cataluña, el Brexit y en varias elecciones nacionales.

Como ya hemos mencionado, Rusia lleva más de un siglo presagiando el inminente colapso de Europa. Describir a Europa o los Estados miembros de la UE como «al borde de una guerra civil» funciona tan bien en 2019 como lo hacía en 1919. Se trata de una narrativa muy trabajada que suele lograr mucha repercusión entre el público, a pesar de que Europa no se ha hundido y, según muchas métricas, sigue prosperando.

 

Los medios de desinformación rusos y pro-Kremlin emplean regularmente esta narrativa: el Superestado de la UE se derrumba, la economía de EE. UU. se hunde, la OTAN se desmorona, el movimiento de los chalecos amarillos está destruyendo el sistema bancario. El caricaturista de RIA Novosti describe el terrorismo en Europa como un escorpión mortífero que los europeos se han metido en el bolsillo sin darse cuenta.

Las audiencias que, legítimamente o no, ya sienten miedo ante una posible agitación política y social en sus países son especialmente susceptibles a esta narrativa.

Así pues, resulta especialmente eficaz en periodos de auténticos desafíos políticos, como durante la crisis migratoria del otoño de 2015. La llegada masiva de inmigrantes a Europa supuso sin duda un gran desafío para los gobiernos europeos, pero los medios de comunicación rusos y pro-Kremlin presentaron la situación en términos exagerados y apocalípticos, informando sobre la crisis como si fuera a llevar a un colapso sistémico. Evidentemente, el sistema ha sobrevivido intacto, pero la idea del colapso sigue presente.

La cobertura que hicieron los medios rusos y pro-Kremlin de las protestas de los chalecos amarillos en Francia muestra el mismo enfoque. El derecho a expresar el descontento con el gobierno y la política es parte integrante de la democracia y los ciudadanos de cualquier Estado europeo pueden ejercerlo saliendo a manifestarse. El movimiento de los chalecos amarillos se enmarca en la tradición democrática europea y no es prueba alguna de que el sistema esté en quiebra.

Esta narrativa también suele ser usada para lamentar la supuesta degradación de las tradiciones y de los valores morales europeos. Por ejemplo, los medios de desinformación rusos y pro-Kremlin describen regularmente los derechos de la Infancia en Europa como un ataque a los valores familiares. Europa va camino de desaparecer y ha abandonado toda decencia y moralidad.

Un último recurso en la desinformación, normalmente cuando se enfrentan a pruebas o argumentos convincentes, es bromear sobre el tema. El caso de Skripal es un ejemplo excelente de esta estrategia. Los medios de desinformación rusos y pro-Kremlin han tratado de acallar un intento de asesinato con sarcasmo a fin de convertir la tragedia en una gran broma. De forma más general, en relación con las elecciones, este método implica hacer uso de palabras despectivas para menospreciar el concepto de democracia, los procedimientos democráticos y los candidatos. Vladislav Surkov, asesor del Kremlin, califica el concepto de democracia como una «batalla de bastardos» y recomienda en su lugar el «liderazgo ilustrado» de Vladimir Putin como alternativa para Europa. El presidente ucraniano Petró Poroshenko es sistemáticamente ridiculizado en los medios de comunicación pro-Kremlin, al igual que todo el proceso electoral de Ucrania. Según los medios estatales rusos, unas elecciones con varios candidatos y sin un resultado claro no son más que un circo.

 

Por supuesto, la sátira, el humor y la parodia son componentes integrales del discurso público. El derecho de burlarse de los políticos o de bromear sobre los burócratas es una parte importante de la vitalidad de cualquier democracia. Resulta irónico, pues, que los medios de desinformación rusos y pro-Kremlin traten a menudo de disfrazar de sátira sus mentiras y engaños anti-Occidente, alegando que ello forma parte de su derecho a la libertad de expresión, mientras se niegan en rotundo a tolerar cualquier sátira que sea crítica con el Kremlin o que socave su agenda política. Un buen ejemplo de esta hipocresía es la prohibición por parte de Rusia de la comedia británica de 2018 La muerte de Stalin.

En un informe de 2017, el Centro de Excelencia Stratcom de la OTAN publicó un informe que explicaba cómo los medios de desinformación rusos y pro-Kremlin hacen uso del humor para desacreditar a los líderes políticos de Occidente. Una de sus autoras, la académica letona Solvita Denisa-Liepniece, ha sugerido el término «jajaganda» para este tipo concreto de desinformación, que se basa en ridiculizar a los políticos y las instituciones. El objetivo de la jajaganda no es tratar de convencer a la audiencia de que ciertas bromas son ciertas, sino más bien de socavar la credibilidad y la fiabilidad de un objetivo concreto mediante la humillación y el ridículo constantes.

Las cinco narrativas, como se puede ver, están estrechamente relacionadas entre sí y comparten el tema central de una pérdida de poder provocada por unas «élites malvadas». Los gobiernos nacionales son débiles e ineficaces, los ciudadanos están privados de derechos, sus tradiciones se enfrentan a la destrucción… ¿y a mano de quién? De los burócratas de Bruselas, los grandes empresarios, los gobernantes en la sombra y, por supuesto, los fascistas. En contraste con el caos, la inseguridad y la decadencia moral de Europa y Occidente, Rusia se describe como una fuente de protección y estabilidad. De hecho, destacadas personalidades rusas abogan incluso por el régimen ruso del «autoritarismo ilustrado» como sistema político para el futuro.

Otro rasgo común de estas grandes narrativas es que arremeten contra las instituciones democráticas y los sistemas jurídicos occidentales para fomentar la desconfianza y la fragmentación social, con el objetivo último de subvertir la democracia. Esta estrategia de sembrar la desconfianza pretende convencer a los ciudadanos de que su participación en el proceso democrático carece de sentido: votar es inútil porque el sistema está «amañado» a favor de las élites y solo sirve para explotar a los ciudadanos de a pie. Así, la democracia se presenta como una farsa que, además, es ineficaz e inadecuada para abordar los retos contemporáneos.