Durante años, los partidarios de la narrativa imperialista del Kremlin sobre el nacionalismo ruso han demonizado fervientemente la identidad cultural y nacional ucranianas, llegando a afirmar que su mera existencia pone en peligro a Rusia. Con el tiempo, su lenguaje ha ido radicalizándose y permeando en el discurso público, lejos ya de ser algo marginal. En julio de 2021, el mismo Putin avivó esta tendencia con un artículo en el que afirmaba que no existían tales cosas como un Estado o una identidad ucranianos. En palabras de Putin, Ucrania es una construcción artificial creada por Lenin y sostenida por siniestras fuerzas occidentales con el objetivo de arrebatar los territorios ucranianos a su legítimo dueño: Rusia.

Lamentablemente, esta negación sistemática de la autonomía y del derecho a existir no es un caso único en la historia europea ni mundial. Ha sido y suele ser el precursor de enfrentamientos sangrientos, limpiezas étnicas o guerras atroces. La brutal guerra de agresión de Rusia sobre Ucrania es un crudo recordatorio de las catastróficas consecuencias que puede tener un discurso tan cruel y deshumanizador si no se le pone freno a tiempo.

La entrada en escena de los nazis

Negar la existencia de Ucrania responde a la retorcida y diabólica lógica de que Ucrania y el pueblo ucraniano, de algún modo, merecen ser invadidos, dominados e incluso eliminados. Los comentaristas usan cada día y con toda tranquilidad la palabra «nazi» y acusan a Kiev de querer perpetrar un genocidio contra la población rusa como táctica para deshumanizar al «otro», en este caso, al pueblo ucraniano.

Volumen de menciones en medios de comunicación del Estado ruso, medios pro-Kremlin vinculados al Estado y cuentas oficiales de la diplomacia rusa en Twitter en el contexto de Ucrania (datos recopilados hasta el 22 de febrero de 2022)

En este medio llevamos desde 2015 identificando la retórica de odio de los propagandistas del Kremlin y los divulgadores de desinformación pro-Kremlin. También hemos examinado el uso por parte del Kremlin del término «nazi». Ejemplo de ello son los artículos Nazi east, Nazi west, Nazi over the cuckoo’s nest (contenido disponible solo en inglés) y Putin, domador del nazismo.

Sin embargo, empezamos a prestar especial atención a la cuestión en 2022, tras un alarmante artículo que en ese momento describimos como «marco intelectual pervertido que constituye el trasfondo de las atrocidades», y que fue publicado el 3 de abril por la agencia de noticias estatal de Rusia RIA Novosti.

Llevaba por título «Lo que Rusia debería hacer con Ucrania» y había sido escrito por Timofey Sergeytsev, experto en tergiversación política y, según al menos un comentarista ucraniano, teórico del fascismo ruso moderno. Publicado tras la humillante retirada de las tropas rusas de Kiev, el artículo era, en parte, un grito de rabia disfrazado de estrategia. Tal vez por eso, el discurso también conjuraba una oscura fantasía de venganza rusa contra aquellos ucranianos que se atrevieron a defender a su país. En resumen, equiparaba la ucranidad con el nazismo y, a su vez, el nazismo con las aspiraciones ucranianas a la «independencia» o a una vía «europea» de desarrollo e instaba a una «depuración total» del país en favor de la cultura rusa.

Poco tiempo después de su publicación, analizamos su contenido en uno de nuestros artículos, titulado «En el corazón de las tinieblas». Esto es lo que escribimos al respecto:

«El artículo, con sus demandas absolutas y extremas, intenta estimular sentimientos que han sido muy apreciados por los dictadores a lo largo de los siglos: la lealtad ciega al Estado, la exigencia de un sacrificio casi religioso del individuo por la causa del líder, el enemigo privado de su humanidad, en realidad, de su derecho básico a la existencia».

Casi dos años después, volvemos a examinar la retórica rusa y su tono implícitamente sanguinario. Echando la vista atrás, resulta evidente que el corazón oscuro del fascismo ruso también es de naturaleza cobarde. Los comentaristas prorrusos todavía no tienen el valor de profesar abiertamente sus intenciones como lo que realmente son: genocidas. En su lugar, proyectan sus deseos de genocidio sobre sus pretendidas víctimas. Sus proclamas sobre supuestas atrocidades ucranianas son, en realidad, un reflejo de los crímenes que las fuerzas rusas han cometido en lugares como Bucha, Mariúpol, Irpin, Járkov, Kramatorsk y muchos otros lugares. A continuación, examinamos cómo las narrativas de desinformación rusas esconden esta verdad tan obvia.

En este artículo, usamos el término «genocidio» tal y como lo define la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de las Naciones Unidas de 1948: «cualquier delito, incluidas matanzas y lesiones graves a la integridad física o mental, perpetrado con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal».

El «genocidio cultural» no está definido en ningún tratado internacional. Sin embargo, un experto lo definió como «la destrucción sistemática de las tradiciones, los valores, el lenguaje y otros elementos que distinguen a un grupo de personas de otro». Nuestro uso del término se basa en esta definición.

No hay nada que ver aquí, solo hay Rusia

La narrativa de desinformación más disparatada y perversa asevera que Ucrania no existe. La idea es absurda de por sí. ¿Cómo puede ser que un país de unos 40 millones de habitantes sea imaginario? Además, ¿cómo es posible ignorar la historia y la cultura ucranianas si se remontan a más de mil años? ¿Qué intentan afirmar exactamente Putin y sus propagandistas? Quizá algunos de los muchos ejemplos que presentaremos a continuación nos ayuden a comprender su retorcida forma de pensar.

Empecemos con un artículo publicado en Sputnik, un medio de comunicación estatal ruso con ediciones en unos 30 idiomas. Publicado a finales de noviembre del año pasado, el artículo citaba a la comentarista pro-Kremlin Karine Béchet-Golovko, quien afirmaba que «Ucrania nunca ha sido soberana en el conflicto contra el ejército ruso». También afirmaba que Ucrania está «completamente subyugada» a la voluntad de EE. UU y la OTAN. En esta realidad alternativa, Ucrania no existe porque es una marioneta de EE. UU.

Otros artículos en ruso sostienen, entre otras cosas, que Occidente inculcó de algún modo el odio a Rusia entre los ucranianos, lo que ha convertido a Ucrania en «antirrusa»; que Ucrania no tiene derecho a existir porque en su día formó parte de la Unión Soviética; que el pueblo ucraniano no existe porque son rusos; que aunque Ucrania exista, debe ser destruida y absorbida por Rusia; y que Ucrania es históricamente territorio ruso.

En particular, los principales medios de comunicación rusos a menudo se llenan la boca hablando de Odesa como la «perla rusa junto al mar», a la que supuestamente los nazis ucranianos han corrompido. Polemistas como Vladimir Solovyov se ensañan con los sucesos de Odesa del 2 de mayo de 2014, en los que se produjo un enfrentamiento entre manifestantes prorrusos y proucranianos. Dichos enfrentamientos se saldaron con 48 muertos, la mayoría tras un incendio en la Sede de los Sindicatos, donde se habían atrincherado los manifestantes prorrusos.

Las circunstancias de la tragedia siguen siendo inciertas y hasta la fecha no ha comparecido nadie ante la justicia. Según fuentes independientes, activistas prorrusos habrían irrumpido en una protesta pacífica para la «unidad del pueblo ucraniano», lo que dio lugar a enfrentamientos en los que se utilizaron cócteles molotov por parte de los dos bandos y que desembocaron en el incendio mortal de la Sede de los Sindicatos. Sin embargo, para cómplices del Kremlin como Solovyov, los ciudadanos ucranianos partidarios de la unidad no son más que unos «nazis desgraciados» que «no tienen derecho a llamarse a sí mismos odesanos».

Así pues, la proclama de que Ucrania no existe es, en realidad, la convicción de que el país debería formar parte de Rusia. Frente a la feroz resistencia a las acciones militares y los intentos de subversión de su país, los comentaristas prorrusos intentan explicar el evidente deseo y el derecho legal del pueblo ucraniano a tener su propio país como una forma de falsa conciencia. Según los apologistas del Kremlin, la población ucraniana es rusa por lo que, les guste o no, deberían vivir dentro de Rusia. Y, de ser necesario, Rusia los obligará a ser rusos o los matará si se resisten.

Los partidarios del Kremlin se muestran impasibles ante la brutalidad de esta lógica genocida. Pero tal actitud etnocéntrica se encuadra perfectamente en la definición estándar de genocidio cultural. Y el genocidio cultural puede estar estrechamente relacionado con un genocidio propiamente dicho.

El siguiente paso: la deshumanización

Cuando los comentaristas del Kremlin llaman «nazis» a la ciudadanía ucraniana, están refiriéndose realmente a aquellos ucranianos que no quieren ser rusos ni aceptar la dominación rusa. Y para dichos comentaristas, tales ucranianos son menos humanos y, por lo tanto, se merecen las desgracias por las que Rusia les puede hacer pasar.

En este caso, la táctica principal consiste en acusar a Ucrania de lo que las tropas militares rusas en realidad están haciendo con despiadada regularidad en el país: matar a civiles de forma indiscriminada. En noviembre del año pasado, la ONU anunció que el número de víctimas civiles en Ucrania había superado las 10 000 (si bien esta sigue considerándose una estimación considerablemente baja) y que la mayoría de esas muertes se habían producido en territorio controlado por Ucrania.

Sin embargo, los propagandistas del Kremlin pretenden hacer creer que son los «nazis ucranianos» quienes están matando a civiles a mansalva en los territorios controlados por Rusia, mientras acallan con dureza la idea de que el ejército ruso pueda estar ocupando ilegalmente territorio ucraniano. Entre otras cosas, los medios y los comentaristas pro-Kremlin afirman sin ningún tipo de prueba que las fuerzas ucranianas usan a los civiles como escudos humanos, que los francotiradores ucranianos disparan contra civiles y que las tropas ucranianas matan a propósito a sus prisioneros de guerra en cautiverio ruso.

Que desaparezcan de la faz de la tierra

El efecto de tales afirmaciones, multiplicadas por cientos, si no miles de veces, es actuar como un camuflaje del genocidio. Dado que los enemigos son unos nazis inhumanos y genocidas, pueden adoptarse métodos nazis inhumanos y genocidas para combatirlos. En este sentido, Solovyov ha destacado por encima del resto de lunáticos, al exigir que Kiev y el puerto de Odesa «desaparezcan de la faz de la tierra», así como que se destruyan ciudades como Leópolis, Ivano-Frankivsk y Ternópil.

«Creo que deberíamos matar, matar y matar [al pueblo ucraniano], no hay nada más que debatir»

Aleksander Dugin

Los programas de tertulia de la televisión rusa en horario de máxima audiencia hierven con semejante retórica. Aparte de Solovyov, entre los aduladores del Kremlin se encuentran propagandistas clave como Dmitry Kiselev, Aleksander Dugin, y Leonid Slutski, quienes hacen llamamientos a la escalada de la guerra y la brutalidad.

La entrada en escena de las armas nucleares

Otros han planteado abiertamente la idea de utilizar armas nucleares contra Ucrania. Un general ruso sugirió usar armas nucleares tácticas contra los tanques. Otros han bromeado sobre la posibilidad de usar misiles nucleares hipersónicos. Cabe recordar que Ucrania renunció a sus armas nucleares como parte del Memorándum de Budapest, suscrito en 1994, en el que Rusia garantizó respetar las fronteras y la seguridad de Ucrania para, poco después, incumplir abiertamente sus promesas. Así pues, amenazar a Ucrania con armas nucleares es como frotar radioactividad en una vieja herida.

El genocidio de un cobarde

Presumiblemente, la última fase de esta delirante espiral de decadencia consiste en autoconvencerse de que el genocidio que uno está cometiendo es en realidad el genocidio que sus víctimas están cometiendo contra sí mismas. Es como creer que el cuchillo que has clavado en la espalda de otro lo estaba sujetando la propia víctima. Así pues, los intentos de conquistar y subyugar al enemigo no son sino un acto de benevolencia para evitar un suicidio.

Rusia, en su retorcida opinión, no está tratando de subyugar al pueblo ucraniano, sino que pretende conquistarlos y purificarlos de su ucranidad con el objetivo de salvarlos. Por ejemplo, este artículo de News Front afirma que el presidente ucraniano Volodímir Zelenski está cometiendo un genocidio contra la ciudadanía ucraniana. Otros artículos amplifican esta visión al aseverar que las autoridades ucranianas envían a mujeres, niños y personas mayores a luchar en primera línea de batalla. Además, los países occidentales, incluida la UE y sus líderes, también están cometiendo un genocidio contra el pueblo ucraniano al darles la ayuda militar y económica que necesitan para defenderse.

…pero la mayoría cree en ello

Resulta complicado determinar el porcentaje de población rusa que ha llegado a creerse las acusaciones difundidas por los nacionalistas radicales rusos, muchos de los cuales aparecen en televisión en horario de máxima audiencia. Según las encuestas de opinión realizadas por el Centro de Análisis Levada, los índices de aprobación del presidente Putin se han mantenido alrededor del 80 % desde febrero de 2022. En enero de 2024, dicha cifra era del 85 %. Asimismo, tres de cada cuatro encuestados aprueban las acciones de las fuerzas armadas rusas en Ucrania. Esta cifra se ha mantenido constante durante dos años, una tendencia que llama la atención por varias razones.

Primero, porque la gran mayoría de la población rusa sabe perfectamente que la guerra no es una intervención limitada, como la neolengua del Kremlin pretende dar a entender con la frase «operación militar especial». Se trata de una guerra a gran escala, en la que la sociedad y la economía están cada vez más volcadas en su apoyo.

En segundo lugar, no es ningún secreto que la artillería, los drones y los misiles rusos atentan contra objetivos civiles en Ucrania día tras día. Telegram, YouTube, VKontakte y otras plataformas todavía accesibles desde Rusia sin el uso de VPN muestran los ataques minutos después de que se hayan producido. La guerra se retransmite por Internet y los telediarios rusos también ofrecen una amplia cobertura de la misma, centrada en el alcance de los daños causados por las armas del Kremlin. Es una forma de lenguaje encriptado: «Nuestras fuerzas matan a los nazis gracias a nuestras armas de precisión». Lo que significa en realidad: atacamos y aterrorizamos a los ciudadanos de a pie porque podemos.

En tercer lugar, el tiempo es un factor a tener en cuenta. Los dos años de guerra de alta intensidad y el gran número de bajas no han perjudicado los índices de aprobación de Putin. La incitación al odio impregnada de desinformación y propaganda masivas ha corroído la dignidad humana y la moral pública. Esta es la brutal realidad. Pero la historia mundial está repleta de casos en los que la opinión pública aceptó los asesinatos en masa y el genocidio a escala industrial.

El canal de TV ruso Piervy Kanal informa ampliamente sobre los ataques en Ucrania, a menudo con imágenes muy gráficas.

También se consigue dar forma a la percepción pública a través de una simplificación excesiva del relato y un lavado de cerebro en las escuelas e instituciones educativas, donde los libros de Historia están en el punto de mira. Véase nuestro reciente análisis de los libros de texto rusos obligatorios, que tienen como objetivo manipular la memoria a gran escala y garantizar que las nuevas generaciones de ciudadanos rusos nacidos después del año 2000, la generación Putin, sean adoctrinados con una única visión del mundo.

¿Existe algún límite?

Según el sondeo de Levada a finales de 2023, un tercio de los encuestados quiere negociaciones en lugar de una acción militar continuada. Este último hallazgo sugiere que gran parte de la ciudadanía rusa no cree que se deba aniquilar la ucranidad para que Rusia declare la victoria. Al fin y al cabo, la voluntad de negociar con Ucrania implica aceptar la existencia de Ucrania como país. En particular, casi el 40 % de las mujeres rusas está a favor de las negociaciones. A medida que los restos de los soldados rusos muertos, en su mayoría hombres, siguen regresando a casa, este colectivo de mujeres de reservistas ha crecido y podría hacerse oír más, a menos que Putin incremente todavía más la represión tras su reelección presidencial.

Interpretar los números puede ser una cuestión complicada. Cabe recordar que el Kremlin hace un uso incorrecto del término «negociaciones» para describir el escenario en el cual Moscú acepta la rendición de Ucrania. No queremos ni pensar qué pasaría después.

La regla de la voz más alta

En la absurda entrevista (o más bien, monólogo) entre Tucker Carlson y Putin que tuvo lugar en febrero de 2024, se produjo un inusual instante de verdad cuando Carlson, a la mitad de las dos horas de programa, le preguntó: «¿Estaría usted satisfecho con el territorio que tiene ahora?». Putin no respondió a la pregunta. Con evidente frustración, decidió hablar en su lugar de la desnazificación, recalcando que se va a seguir con ella en toda Ucrania. La opinión pública rusa puede entender este lenguaje encriptado como un deseo de aniquilación de Ucrania.

El apoyo al presidente ruso deja claro que, incluso si la población rusa no está de acuerdo con las tendencias genocidas de muchos nacionalistas rusos, al menos está dispuesta a tolerar, de momento, la infraestructura de desinformación sobre Ucrania en la que se fundamenta el gobierno de Putin.

Dicha infraestructura se basa en el odio, en postulados sobre la inherente superioridad rusa y en mentiras autocomplacientes. Su objetivo es la destrucción de la historia, la cultura y la lengua ucranianas, así como de su población o, como mínimo, de aquellos ucranianos que se resisten a identificarse como rusos. Y, como tal, tal objetivo constituye una justificación para el genocidio. Si los propagandistas prorrusos dicen lo contrario, solamente se están engañando a sí mismos.